Las antiguas Cárceles de Castiadas
Cuando desembarcaron en el Puerto Sinzias, en la costa suroriental de Cerdeña, era verano. Y para ser más precisos, se trataba del 11 de agosto de 1875.
Las playas entonces estaban deshabitadas, muy diferente a como aparece hoy el litoral de la zona. La embarcación transportaba treinta detenidos y siete guardias penitenciarios. Guiados por el Caballero Eugenio Cicognani, se adentraron con mucha dificultad en el interior, dada la densa vegetación y la inexistencia total de senderos.
El territorio debía parecer salvaje e intacto. El objetivo del Inspector General de las cárceles era establecer una primera morada, sanear y recuperar el territorio deshabitado durante siglos, 350 años para ser exactos. Pronto llegaron otros detenidos que ayudaron en la obra de saneamiento y construcción, y los documentos refieren que después del segundo año, en la zona estaban presentes más de trescientos presidiarios, todos con experiencias laborales previas en la construcción. En 1877 nace, a siete km del lugar de desembarco, la morada de los reclusos.
Se encontraba en el promontorio de Praidis, entre dos arroyos, el Guttur Frascu y Baccu sa Figu. Pronto estuvieron activos una carpintería, talleres de herreros, una carpintería metálica y una enfermería. Dentro de la estructura principal, además de las celdas y los alojamientos para los carceleros, se encontraba la farmacia, un servicio de urgencias, incluso una oficina de correos y una estación telefónica. En las zonas que resultaban más insalubres, aún no saneadas, se construían sedes periféricas, casas de madera, aptas para albergar un número no superior a diez detenidos.
Resulta interesante recordar que en las ventanas, para evitar el paso de los letales mosquitos, se colocaban densas redes metálicas. Diez fueron los destacamentos, que permitieron no solamente la independencia alimentaria, sino que permitieron un excedente en la producción que se dedicó a la comercialización. Los cultivos principales eran viñedos, cítricos, trigo, cereales y legumbres. Los densos bosques fueron en parte desbrozados y utilizados para la producción de carbón.
Se calcula que en 1918, a pesar de las muertes de los detenidos causadas por la malaria y las gripes, la producción de carbón había alcanzado los 1.600 quintales y en los años sucesivos este umbral sería superado. A principios del siglo XX eran aproximadamente ochocientos los detenidos que residían en las cárceles, que mientras tanto se había convertido en una entidad autosuficiente. El detenido debía sustentarse con su propio trabajo, y esto resultó uno de los métodos más eficientes para la posterior inserción dentro del tejido social. Solo los detenidos más disciplinados tenían la posibilidad de trabajar al aire libre, en los campos; los demás, en cambio, cumplían su condena dentro de la cárcel. Y según los testimonios, aquella debía ser una vida infernal. La Colonia Penal dejó de existir definitivamente solo en 1956.
